Reflexiones sobre las violencias y nuestra tarea docente (parte II)

Hace un mes, reflexionamos sobre las múltiples formas de violencia que atraviesan el
presente: desde las guerras y los genocidios en Medio Oriente, hasta memorias más cercanas
como el asesinato de Cristian Ferreyra, docente de escuelas técnicas en La Matanza. En ese
mismo entramado, también señalamos la violencia que se ejerce desde el poder político en
nuestro país, encarnada en la figura del presidente Javier Milei. En su caso, no se trata
únicamente de exabruptos aislados o de un estilo comunicacional provocador en redes
sociales: su discurso, cargado de descalificaciones, estigmatizaciones y agresiones hacia
opositores, periodistas y sectores sociales (violencia que se agudiza con las mujeres)
contribuye a consolidar un clima de hostilidad que habilita formas más amplias de violencia
simbólica. Esta retórica no es inocua: construye enemigos, legitima la exclusión y erosiona los
consensos básicos necesarios para la convivencia democrática. Al mismo tiempo, estas
expresiones se articulan con políticas concretas de ajuste cruel que impactan de manera
directa sobre amplios sectores de la población, profundizando desigualdades y
vulnerabilidades.
También señalamos en el documento anterior, los diversos actores involucrados en las
comunidades educativas: familias, docentes, estudiantes. Luego de lo ocurrido en San
Cristóbal, Santa Fe, la cuestión se agudizó. Un chico de 15 años asesinó a otro de 13 años. Los
videos se multiplicaron y los análisis también. Lejos de resolverse, la cuestión pasó a otros
planos, otras acciones, otros significados. El viernes 17 de abril, dos colegios secundarios de
General Pico, suspendieron las clases por la aparición de pintadas amenazantes. Luego se supo
de otro más, incluso en una escuela primaria, se encontraron “papelitos” en los baños que
generaron preocupación en la comunidad educativa. También en Eduardo Castex, General
Acha, Toay, Santa Rosa, 25 de Mayo. En un colegio de esta última comunidad, se suspendió el
uso de mochilas para ir a la escuela, como si el “peligro” se disuadiera por eliminar ese útil
escolar. Sólo por nombrar localidades pampeanas, porque sabemos que el reto o desafío viral,
se expresó en otras localidades del país.
Desde el SiTEP, entendemos esto cómo la reacción inmediata que busca ”hacer algo” frente a
la preocupación social, pero que no logra enfocar ni diagnosticar correctamente el problema.
Se trata de medidas que actúan sobre los síntomas —como el control de mochilas— sin
abordar las causas de fondo: el eje no está en los objetos, sino en las personas, en los vínculos
que se construyen y en las actitudes que se habilitan o se desalientan dentro y fuera de las
instituciones. Poner el foco exclusivamente en mecanismos de control puede generar una falsa
sensación de seguridad, al tiempo que desplaza la discusión sobre las condiciones que
producen y reproducen situaciones de violencia. La suspensión de clases le dio entidad al
problema y la gravedad pertinente. No se puede amenazar a toda una comunidad y salir
impune. Incluso el gobierno pampeano se presenta como querellante. Los responsables,
seguramente menores, tendrán sanciones educativas y civiles correspondientes a su rango
etario. No podemos minimizar lo sucedido, o tratarlo cómo una travesura para no tener clases,
ni cómo un símil al fenómeno “therians”.
Proponemos no dejar pasar estos episodios sin un abordaje colectivo, promoviendo la
realización de jornadas reflexivas, espacios que habiliten la palabra, la escucha activa y el
intercambio respetuoso. Creemos fundamental revalorizar la comunicación responsable,
entendida no solo como el cuidado en lo que se dice, sino también en cómo se escucha, se
interpreta y se responde. La intervención de equipos interdisciplinarios, para “los
responsables” de los graffitis y carteles y sus entornos, porque no podemos responsabilizar

sólo a los adolescentes, los adultos estamos teniendo problemas con las violencias y las
relaciones sociales. No es un fenómeno exclusivamente juvenil, ni se explica sólo por las redes
sociales (True Crime Community -TCC-), pero implican atención e importancia, y los hechos así
lo demuestran.
Lo más preocupante es la deshumanización y/o la falta de empatía por el otro, como hacer un
afiche amenazante, montado en el dolor inmenso de la familia del chico de 13 años asesinado,
la angustia del victimario y su familia desorientada. No se puede hacer cualquier cosa, ni
escribir cualquier frase. Las palabras tienen peso, y eso se debe imponer, pero además se debe
sentir, porque si no penetramos en esa subjetividad, si no formamos de otra manera a
nuestras niñeces y adolescencias, el miedo y el pánico, se apoderan de nuestras vidas y el “sin
sentido” o “da lo mismo” parece ser el camino. La tarea es inmensa e importante y, más aún,
en este clima de violencia estructural que se impone desde la conducción política. La
comunicación, el respeto y la empatía se deben fomentar desde el Ministerio, las y los
trabajadores de la educación, las familias y las comunidades adolescentes.
Si.T.E.P. (Sindicato de Trabajadores de la Educación Pampeana)

Por Ltadmin

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